JUGANDO CON NANDO 3

 

Aquel minúsculo bañadorcito había cubierto mis vergüenzas durante buena parte de mi infancia, y había tenido que llegar el hijoputa de Ramón con su simiesco y peludo cuerpo de orangután, para mostrarme que ese ridículo trozo de tela azul marino podía resultar de lo más excitante si se colocaba sobre la percha adecuada. Y sin duda, la de Ramón lo era. Al menos para saciar mis más bajos instintos.

Me acababa de ofrecer un trato: él me daba sus bermudas naranjas a cambio de haberle dado yo mi pequeño speedo azul marino. La única condición era que me probara su bañador allí delante.

-Creo que es justo, chaval. Yo estoy haciendo el ridículo con esto puesto, y lo mínimo que puedes hacer es igualar la situación -insistió Ramón sin mucho afán, sabiendo que no le haría falta demasiada palabrería para que yo cediera.

-Está bien...

Guiado y aconsejado de nuevo por aquel enigmático Nando Losada de las gafas de Sol en la cabeza (mi alter ego vacilón y ajeno al miedo), que tan buenas ideas parecía aportarme, decidí ponerme en pie sobre la cama, con la persiana bajada a la altura de mis rodillas y las cortinas corridas. Desabroché mis vaqueros cortos, con la mirada de Ramón clavada en todo el conjunto de mi ser, y los dejé deslizar por mis piernas. También me quité de una sentada la camiseta, pues aparte de no tener ningún complejo que esconder, no era momento de andarse con remilgos. Estiré una mano para coger las bermudas, pero Ramón las alejó un poco de mí. Creyendo que pretendía que me acercara más a él, di un paso al frente y volví a tratar de atrapar el bañador, que siguió alejándose. Para cuando estuvimos ambos demasiado cerca, y las bermudas naranjas se ocultaban a su espalda, decidió explicarme el motivo de aquel jueguecito; lo hizo con tres palabras susurradas: "Los calzoncillos también...", y una mirada que no dejaba lugar a dudas.

Ni siquiera parecía importarme el hecho de que su cara estuviera apenas a veinte o treinta centímetros de mi ropa interior sospechosamente abultada. Si él no hacía mención alguna al detalle de mi evidente excitación, yo tampoco comentaría nada sobre lo que crecía bajo mi ex-bañador; juego limpio. Del mismo modo que no le iba a mostrar abiertamente mi sexo, sin haber visto antes el suyo.

-¿Los dos a la vez? -pregunté sin elevar la voz.

-¿Qué pasa, me quieres ver la minga? ¿Es que no te basta con lo que se intuye bajo la tela de tu bañadorcito?

-Es difícil hacerse una idea, sobretodo cuando su tamaño no deja de variar.

-Lo ves como eres un niño malo... -estiró las manos.

Una increíble descarga de energía sexual me sacudió cuando sentí el contacto de sus manos posándose en mis caderas, la yema de sus dedos sobre el elástico de mis calzoncillos. Sabía que me los iba a arrebatar sin remedio, antes incluso de que empezara a hacer deslizar la tela con lentitud. Mi sexo no dejó de endurecerse pese a sus ojos fijos en él. Puede que mis mejillas se sonrojaran un poco, pero el expresivo alumbramiento de su mirada no hizo otra cosa que hacerme sentir cómodo de aquella guisa; desnudo y pasivo.

-Menudo bichaco tenías ahí guardado, colega...

-No eres el primero que se sorprende -dejé caer.

Demasiado pronto había descubierto yo la vanidad, y en adelante me iba a hacer muy amigo de ella.

-¿Ah, no? ¿Qué pasa, ya te la han catado?

-¿Que si me han qué?

Llegados a la altura de mis tobillos, los calzoncillos salieron por mis pies cuando los levanté sin prisa. No me importaba bambolear mi exótico miembro frente a sus narices, sobretodo porque tampoco a Ramón parecía molestarle que lo hiciera.

-Que si ya te la han comido alguna vez...

-¡Ah! No, claro que no -respondí enseguida.

¿Acaso quería él ser el primero? Le tenté a que lo hiciera. Sí, eso fue lo que hice, ahora me doy cuenta. Fingí que sólo quería atrapar las bermudas que tenía enganchadas en la parte posterior del minúsculo bañador que le presionaba con crueldad el paquete, pero lo que hice fue pavonearme ante sus narices, obligarle a retroceder cuando mi sexo estuvo demasiado cerca de su cara. Le cogí de la cabeza, aprovechando la superioridad que me confería estar medio metro más alto que él, le atraje hasta mí, y mi polla debió darse contra su mejilla cuando me incliné sobre su hombro y tiré con fuerza de las bermudas. Me hice con ellas y me separé con cierta brusquedad, demasiado precipatada mi sensación de victoria.

Su cara era un auténtico poema. Increíblemente excitado, tan furioso como sorprendido, me miraba con la expresión de quien no acaba de creerse lo que acaba de vivir: el mierdecilla de Nando, el primo tocahuevos de Juanlu, se había atrevido a manchar su mejilla de flujo preseminal, pues sin duda era eso lo que palpaba Ramón con la yema de sus dedos; una gotita de mi lefa junto a su oreja. Tratando de contener un impulso violento, al menos eso fue lo que yo intuí, simplemente me ordenó que me pusiera "las bermudas sobre el cipote". No le obedecí enseguida.

-¿Lo dices en serio? –le provoqué-. ¿No quieres un poquito más de leche sobre tu cara?

-Supongo que esto es suficiente –dijo, en tono de misterio.

Y yo creía que se refería a la gota que ya le había impregnado el careto. Pero no se refería a eso, si no a la situación que estábamos viviendo. Con una inesperada sonrisa, me miró de arriba a abajo, empezó a recular marcha atrás hasta la puerta, y me dijo:

-Creo que es suficiente para saber que has superado la prueba. Y lo has hecho con creces, colega.

Tras lo cual corrió el pasador, abrió la puerta y me dejó solo, ridículo con mi enorme polla empinada y las bermudas naranjas como único trofeo de aquella inconclusa aventura.

Eso fue el preludio de todo lo demás. En este momento lo sé, porque ya ese asunto forma parte de mi pasado, pero en aquel instante sólo me sentí frío. Sus palabras antes de marcharse hicieron que durante mucho tiempo yo pensara que todo aquello lo había soñado, fantaseado, y que nunca había sucedido en realidad.

¿Superar una prueba? ¿Pero de qué cojones estaba hablando?

Yo tardé casi dos años en saberlo, aunque en ese intervalo de tiempo sucedieron muchas otras cosas en mi vida, todas y cada una de ellas encaminadas a un destino muy concreto.

Una misión que cumplir.

 

..........

 

El monitor de Natación se llamaba Fermín, y cuando le conocí tenía al menos veinte años. Yo tenía entonces trece, a punto de cumplir catorce. Me llegué a obsesionar con él.

Mi hermana Marta compraba esas revistas de quinceañeras que despiertan a la adolescencia y buscan ídolos a los que adorar y con los que fantasear. Yo acababa de nacer a un mundo de excitación cuyo primer reducto de escape fue apropiarme a escondidas de esas revistas para admirar a los guapos y perfectos chicos que salían en ellas. Multitud de imágenes que me excitaban a solas en mi habitación o en el baño, que me llevaban a masturbarme sólo con las fantasías que creaba con ellas. Esa fue la primera percepción que tuve de la sexualidad, fotos de papel de personas que no parecían reales. Hasta que lo fueron.

Al empezar 2º de la ESO continué con las clases extraescolares de Inglés Avanzado que tenía los lunes, miércoles y viernes. Mi tío Juan Luis me propuso buscar alguna actividad provechosa para las dos tardes que tenía libres, y decidí acercarme al polideportivo del barrio de Madrid en el que residíamos para encontrar algo lúdico que me ayudara a desconectar del resto de clases teóricas que me apabullaban. Fútbol, Baloncesto, Atletismo, Natación... Tenían horarios que podía compatibilizar con mis clases de Inglés. Me paseé solo por aquel inmenso lugar que llevaba poco tiempo construido, y fui observando las opciones con las que contaba.

En cuanto le vi a él, enseguida lo tuve claro. Mis ojos se llenaron de un chaval moreno muy guapo con un físico parecido al de aquellos tíos de las revistas de mi hermana. Sacando su cuerpo mojado de la piscina mientras se acercaba a las monitoras; sentado en el borde con el bañador empapado en agua; con la toalla al cuello y las bermudas rojas chorreando ceñidas a sus piernas... "Venga, chicos, hasta el martes", le oí gritar al otro lado del cristal mientras caminaba hacia la zona de vestuarios. Así supe que a partir de entonces tendría una cita ineludible todos los martes y los jueves con aquel joven moreno llamado Fermín.

Mi tío Juan Luis me apuntó a aquellas clases en el polideportivo durante dos tardes a la semana, y me dio dinero para un bañador nuevo. El de Ramón lo conservaba como un insustituible recuerdo de la escena de sexo inconcluso que llevamos a cabo en mi habitación de Salinas. Escogí uno tipo boxer un poco holgado, esta vez de color azul turquesa, con un cordón blanco colgando por delante. Me reenganché en un grupo que llevaba dando clases medio mes, y Juan Luis me acompañó el primer día para pagar y saber dónde estaría su sobrino dos tardes por semana. Yo estaba un tanto nervioso, impresionado por lo grande y caluroso que era aquel lugar, con las dos piscinas climatizadas. En nuestro grupo éramos cuatro chicos y cinco chicas. Miriam, delgadita, poco pecho y con el pelo castaño, era la monitora de ellas. Fermín, el nuestro. En cuanto le vi me encantó pensar en lo bien que me lo iba a pasar con la Natación. Miré al cristal y le sonreí a mi tío, que observaba desde el otro lado.

Cuando acabó la hora, nos fuimos al vestuario a cambiarnos la ropa mojada y pude prestar más atención a los que iban a ser mis compañeros. Uno de ellos se llamaba Mauro y debía tener unos dieciocho años. Otro era su hermano Dani, de diez, y el cuarto se llamaba Roberto y tenía más o menos mi edad. Mauro fue quien llamó más mi atención. Grandote, bastantes pelillos ya en los sobacos, y cuando con disimulo le miré la picha al quitarse el bañador slip rojo, me encantó ver que la tenía rodeada de una buena mata de pelos. Me cambié rápido y en silencio, salí hacia afuera y justo entonces me crucé con Fermín, que me pasó una mano por la cabeza y se despidió de mí hasta el jueves. Venía con su toalla al cuello y las bermudas rojas empapadas, por lo que me arrepentí de no haber esperado un poco para salir del vestuario. "Creo que esto me va a gustar", le dije a mi tío cuando me preguntó cómo me había ido aquella primera tarde.

Por suerte, el trabajo le impedía poder llevarme al polideportivo después del instituto, y tampoco insistió en venir a buscarme tras las clases. Quedaba cerca de nuestra casa, y yo podía perfectamente ir y venir solito. Cada martes y jueves no podía evitar empalmarme alguna que otra vez bajo el agua. Le veía coquetear con Miriam y me imaginaba las ganas que tendría Fermín de follársela; quizá ya lo había hecho, ya se la había tirado en esa misma piscina... A veces jugábamos a las ahogadillas, y yo siempre iba a por él, me montaba en su espalda o le agarraba de la cintura mientras los otros intentaban hundirle. Curiosamente, también Mauro se me pegaba detrás para ayudarme a hundir a Fermín, o iba él directamente a su espalda y entonces era yo quien me colocaba tras Mauro y me frotaba con él. Tanto al uno como al otro, nunca perdía la oportunidad en medio de la refriega de sobetear pectorales y abdominales, pegarme a sus culos o agarrar a Fermín de las piernas cuando le cogíamos entre los cuatro, yo siempre desde bien arriba, metiendo las manos un poco por debajo de la tela roja de su bañador cuando podía. Tenía las piernas llenas de pelos y el contacto rugoso me ponía de lo más cachondo. Pasaba pocas veces, pero cuando se revolvía e iba a por nosotros, me atrapaba por detrás con sus fuertes brazos y yo simulaba que quería escapar, aunque sólo lo hacía para arquear la espalda y notar en mi culo el bulto de su rabo. Pasaba pocas veces, como digo, pero yo atesoraba la sensación en mi trasero durante mucho tiempo y recurría a ella en multitud de pajas. Cada martes y cada jueves por la noche, antes de acostarme, me la meneaba a lo bestia metiéndome un dedo por el culo y fantaseando con que Fermín me follaba en la piscina igual que a Miriam. En mi imaginación, Fermín me perseguía por toda la piscina; cuando me atrapaba me llevaba contra la pared, me desabrochaba desde atrás el bañador azul turquesa, me lo quitaba sin darme la vuelta, se sacaba del suyo una polla dura y gigantesca, y me la metía por el culo como un salvaje mientras me decía toda clase de guarradas... En esas fantasías siendo yo aún un adolescente, los tíos siempre tenían pollas enormes, al menos el doble de grandes que la mía. Y también me obsesionaba que todos querían follarse mi culo, que iban locos por metérmela; y lo mejor es que me encantaba que lo hicieran.

En los vestuarios nunca pude coincidir con Fermín porque él se quedaba en la piscina con un grupo de más mayores. Esos chicos entraban después de nosotros y alguna vez tenía suerte y podía pillar a algún rezagado que llegaba tarde y se colocaba el bañador con prisas, dejándome disfrutar de su cuerpo desnudo. De vez en cuando también Mauro me dejaba disfrutar de su rabo al aire, paseándose con cualquier excusa. Y alguna vez le pillé yo a él mirándome la polla, pero enseguida apartaba la vista y se hacía el despistado. No me molestaba que me mirara. Incluso a veces me apetecía pavonearme un poco y me paseaba yo con el colgajo bien a la vista. Lo malo fue que Mauro dejó la Natación en primavera porque sacaba muy malas notas e iba a tener que repetir 1º de Bachillerato; yo me tuve que resignar a dejar de disfrutar de esos momentos en el vestuario. Pero su minúsculo bañador rojo me acompañó todavía algunas noches en las que fantaseaba con que nos quedábamos solos en el vestuario y él me preguntaba por qué salía siempre el último. Yo le decía la verdad, que me gustaba quedarme un rato para oler los calzoncillos que los mayores dejaban tirados por ahí al cambiarse. Entonces Mauro se bajaba el pantalón y me decía: "Pues huele éstos, enano". Yo me arrodillaba y le empezaba a chupar los calzoncillos, luego la polla, que cuando crecía era enorme, y lamía los pelos de sus huevos, y sin saber cómo, siempre acababa apareciendo Fermín recién salido del agua. Sin sorprenderse por lo que veía, se quitaba el bañador y me follaban primero uno y después el otro como si fueran colegas pasándose un porro...

Pero todo eso eran fantasías que no se hacían realidad. Yo, personalmente y a la luz de los acontecimientos, tendría que cambiar eso en los vestuarios del polideportivo. No pasarían más que semanas hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Mi falta de escrúpulos se tomó como rehén al tío más atractivo que había conocido hasta entonces en persona: Fermín. Mi mejor arma era una herramienta bien proporcionada, y aún sin probar...

El pistoletazo de Salida retumbó en mi cabeza con la marcha de Mauro.

Los chicos mayores que de vez en cuando me daban alguna alegría, aquellos cuyos calzoncillos atesoraban el aroma a sudor adolescente de sus dueños, ya no parecían mitigar mis deseos fantasiosos. Necesitaba realidad palpable, y de ese modo planeé una estrategia casi infantil que me llevó dos semanas de investigación, preguntas y visitas al polideportivo fuera de las horas de Natación. A principios de mayo, yo tenía que pagar la mensualidad y olvidé a propósito el dinero en casa. Lo recogí y al cabo de un buen rato volví al polideportivo. Sabía que todas las clases habían concluido, que las piscinas estaban vacías y que muy pronto iban a cerrar.

Una chica muy atareada en el mostrador de información me dijo que Fermín estaba vistiéndose y que en seguida salía. Casi todas las luces estaban apagadas, y yo aproveché que la chica se fue a hacer no se qué para escabullirme hacia el vestuario. Oí voces dentro, y me dio el tiempo justo a esconderme tras una máquina de refrescos y ver que del vestuario de chicos salía Miriam. Iba aún con el bañador algo húmedo y se metió en el cambiador de las tías. Yo me apresuré hacia la otra puerta, la abrí con cuidado y entré. No vi a nadie pero sí oí el agua de la ducha. La mochila de Fermín estaba abierta sobre un banco de madera y en el suelo tirado el bañador rojo todo mojado, al que me acerqué atento al sonido del agua. Una de las taquillas estaba abierta, la de Fermín, y dentro había botes de champú y colonia. A la vista dentro de la mochila, unos vaqueros negros mal doblados y unos boxer de color gris hechos una bola que tenían un tacto suave. Los llevé bajo mi nariz, aspiré ese olor dulzón y agrio a la vez y decidí guardarlos en mi bolsillo. Entonces, mientras rebuscaba en el interior en busca de otro tesoro, empecé a oír un sonido que se unía al del agua. Caminé hasta la zona de las duchas, oyendo aquella especie de gemidos ahogados en la que ocupaba Fermín. Entré sigiloso en la de al lado, con agilidad logré subirme al grifo y asomar la cabeza. Y ahí fue. Primera imagen sexual en vivo que tuve el placer de disfrutar como espectador. El chaval tenía la espalda apoyada en la pared donde estaba yo asomado; su cuerpo cubierto de agua y jabón, el chorro cayendo a sus pies, y Fermín con la mano cubierta de espuma blanca en el rabo, haciéndose una buena paja.

Esas son el tipo de inesperadas sorpresas que convierten una idea mediocre, pueril e incluso ridícula en un exitoso plan de imprevisibles consecuencias. Fermín emitía pequeños jadeos que él mismo contenía, se agitaba mientras con una mano se daba matraca y con la otra se acariciaba y sobaba el pecho, el estómago, las pelotas... Y yo allí colgado con los ojos que me hacían chiribitas, sin perder detalle. En una de esas que se menea, levanta la cabeza, y me ve. ¡PLAF! Ostión que estoy a punto de darme. Resbalé y di un pequeño salto para caer al suelo.

-¡¿Quién coño hay ahí?! –le oí gritar desde el suelo, sin moverme.

Pensé que iba a aparecer, pero evidentemente no estaba en condiciones de dejarse ver demasiado. Cerré un segundo los ojos, sólo para asegurarme de que Fermín seguía apoyado en la pared y haciéndose un pajote de campeonato, que la imagen no se había escapado de mi cabeza. Entonces volvió a gritar, esta vez abrí los ojos y le vi asomando la cabeza frente a mí, con el resto de su cuerpo oculto en la estancia de la otra ducha. Ya no podía escapar... pero tampoco lo quería hacer. ¡¡Qué polla!! Aquel rabo era tan grande como los había imaginado, bastante más que el mío, inmenso bajo la espuma, con el capullo floreciendo a cada pasada que se daba con la mano. Aparté esa imagen a un lado para retomarla más tarde, y traté de buscar la manera de solventar aquel "problemilla".

-¿Nando? –tan flipado que apenas se lo podía creer; yo no le veía más que la cabeza- Pero bueno, ¿se puede saber qué haces tú aquí? –no ocultó su enfado.

Yo supe en ese mismo instante que las clases de Natación con Fermín en el polideportivo se habían acabado. Sólo quedaba el mes de mayo que acabábamos de empezar, y aún sin saber yo lo que iba a suceder después de ese primer encontronazo, era lógico suponer que ni yo disfrutaría de las clases como hasta entonces, ni creo que Fermín se sintiera cómodo en mi presencia después de haberle cazado cascándose una manola en las duchas del vestuario. No olvidaba tampoco a Miriam, sin duda la provocadora de que Fermín se hubiera puesto cachondo. Barajé varias opciones al tiempo que le decía torpemente que sólo había venido a pagar el mes. "¿Y para eso te tienes que meter en las duchas a espiarme? Nando, tío, eso no se hace", seguía mosqueado, "Anda, ¡lárgate para fuera, que enseguida salgo!". Volvió a esconder la cabeza, y yo descubrí un tanto asombrado que la entrepierna me tiraba, que se me había puesto bastante dura, firme como una roca, tal vez más incluso por la bronca de aquel tío.

El grifo de la ducha se cerró, di un par de pasos y vi a mi lado el brazo de Fermín, en un movimiento rápido con el que dio un tirón al toallero. "¿Aún sigues ahí, chaval?", pese a que se mantenía cabreado, noté cierto temblor en su voz. Tal vez pasado el calentón, Fermín empezara a ser consciente de lo que había ocurrido, de que uno de sus chavales le acababa de pillar pajeándose en la ducha. Puede que incluso se planteara que ese chaval estaría alucinando por lo que había visto.

-¿Nando? -me llamó enseguida.

-Sí, sigo aquí, pero ya me voy -le dije mientras salía presuroso de la ducha contigua y enfilaba el pasillito que daba al cambiador.

-¡Espera! –gritó detrás de mí- Un momento, por favor.

Me di la vuelta hacia él; se había puesto la toalla alrededor de la cintura y el paquete aún voluminoso se medio intuía bajo la tela, arqueándola hacia delante. Por todo su cuerpo quedaban restos de jabón, lo que hacía suponer que su ducha aún no había concluido. Dio un par de pasos y se acercó un poco a mí.

-Oye, mira, no sé lo que piensas que estaba haciendo ahí dentro... –empezó a decir.

-No te preocupes, Fermín, es que oí ruidos... –me interrumpí antes de sonar ridículo-. Bueno, que no te preocupes, porque no le voy a decir nada a nadie. Esto quedará entre tú y yo.

-En serio, no estaba haciendo nada malo –me gustó su franqueza.

-Vale, vale, ya lo sé, no hace falta que digas nada -le solté con despreocupación-. Te dejaré el dinero aquí fuera –le tenía muy cerquita y me daba cuenta de que el agua se mezclaba en su cuerpo con gotitas de sudor provocadas sin duda por el mal trago que estaba pasando.

Me giré, salí al cambiador y saqué de un bolsillo el dinero que me había dado mi tío. Del otro bolsillo del pantalón cogí el calzoncillo gris usado de Fermín, lo miré y lo dejé junto al dinero. El sonido del agua volvió entrar en mis oídos, y entonces tuve un flash, una idea, un no sé qué interno que me hizo mirarme en el espejo. Llevaba puesto un vaquero ajustado que me venía apretado y me gustaba llevar en ocasiones especiales. "Tienes el culo demasiado grande para meterlo en esos pantalones", me había dicho mi hermana Marta al verme aquella tarde con ellos. Mirándome en el espejo, viendo que se me marcaba un voluminoso paquete que cualquiera percibiría, sintiendo más seguridad en mí mismo que nunca antes, volviendo a ser el Nando Losada de las gafas de Sol en la cabeza, decidí de improviso coger de nuevo aquellos calzoncillos y volver a la zona de las duchas.

Con paso firme, llegué hasta la cuarta y última del pasillo. Dentro, de espaldas a mí, Fermín tenía las manos apoyadas junto a los grifos, dejando que el agua humeante cayera sobre su columna vertebral, con la cabeza gacha. Le observé detenidamente; su pelo largo y mojado sobre los hombros, esa espalda machacada a base de natación, el culo redondo y cubierto de pelos, tan apetitoso como sus piernas duras y firmes... Aún le daba vueltas a lo que acababa de suceder. Puede que empezara a estar seriamente preocupado por lo que pudiera pasar si me iba de la lengua, mientras se dejaba golpear por el agua que cada vez salía más caliente y humeante al estrellarse contra su espalda. Después de unos pocos segundos, decidí tomar aire y precipitarme al vacío sin paracaídas; le lancé su boxer gris a los pies, empapándose éste de inmediato.

-¿Qué...? –primero levantó la cabeza, pensando que tal vez yo volvía a estar encaramado en la pared de la ducha contigua- ¿Qué coño...? –se agachó para recoger la prenda del suelo, y sólo entonces volteó su cuerpo al levantarse y me vio allí de pie-. Pero, tío, ¿a qué coño juegas? ¿No te he dicho que te largues? –sólo un segundo tardó en mirarse entre las piernas siguiendo la trayectoria de mis ojos y cubrirse ridículamente la polla con el calzoncillo mojado-. ¿Eres tonto o qué te pasa?

-Tranquilo -le dije totalmente serio, mostrando con orgullo la prominencia de mi bulto entre las piernas; Fermín tenía que darse cuenta de que aquello estaba allí por él y para él-. Y no es necesario que hagas el ridículo con eso, que no me voy a escandalizar por verte la polla -solté como si algo dentro de mí me empujara a actuar como un matón; ese "algo" era mi alter ego vacilón, cada vez adueñándose más y más de mí.

-Mira, niñato, estás a esto -juntó dos dedos de su mano- de cabrearme de verdad, y no te recomiendo que lo hagas.

-¿Qué pasa, vas a pegarme?

-¡Por supuesto que no! -su expresión de incredulidad dejó claro que ni se le había cruzado esa idea por la mente-. Pero hablaré con tu padre como no te largues de aquí en menos de dos segundos.

-¿Ah, sí, y qué le dirás? ¿Que te he interrumpido mientras te pajeabas tranquilamente en la ducha? -las palabras fluían de mis labios como si llevara un guión aprendido, como si estuviera acostumbrado a ese tipo de situaciones-. Mira, lo mejor es que te calles y me escuches.

No replicó enseguida. Por lo visto, debió creer que yo no estaba bromeando. Sonreí. Miré la mano que cubría su sexo, le miré a los ojos y esperé a que reaccionara de alguna forma.

-¿Y no podemos hablar cuando acabe de ducharme? -quiso aparentar serenidad.

-Mejor no -negué con la cabeza-. Este me parece un buen momento.

-Óyeme bien. No sé qué es lo que quieres, chaval, pero sea lo que sea, -dirigió una fugaz mirada a mis vaqueros ajustados-, te aseguro que no va a pasar conmigo, ni aquí, ni ahora, ni nunca...

-Ya -sonreí una vez más-. A lo mejor no te has dado cuenta, pero ya está pasando algo aquí que tú no puedes controlar -me pasé las manos por los muslos.

-¡Jodido maricón...! -puso cara de asombro y rechazo.

-Sshhh, te aconsejo que no grites. Miriam nos podría oír.

-Pero Nando, tío, ¿cuántos años tienes? -intentó apelar a unos escrúpulos que yo había perdido tiempo atrás, quizá en el cuarto de baño de la planta baja de la casa de mis tíos Paco y Aurora.

-Trece y medio. Casi catorce.

-La madre que me parió, si eres un crío... -miró al techo con nerviosismo.

-Pero no pienso como un crío -le informé innecesariamente.

-Estás loco, chaval -resoplaba-. ¿Qué coño crees que va a pasar aquí, eh?

-De momento creo que sigues cachondo. No sé lo que te habrá hecho Miriam antes de que yo llegara, pero estoy seguro de que lo ha hecho muy bien.

-Qué imbécil -sonrió, pero de un modo despectivo-. ¿Y acaso crees que porque me has pillado en caliente voy a hacer lo que estás pensando?

-Tú verás -dejé caer-. No querrás que vaya contando por ahí que te follas a una menor.

-Yo no me la... -se cortó y tragó saliva-. Eres un psicópata, tío, estás completamente loco.

-¿Por qué no empiezas por darme ese estúpido calzoncillo?

-Vete a la mierda, marica -su rostro se endureció.

-Fermín, no perdamos el tiempo. La puerta del vestuario se podría abrir en cualquier momento.

-¿Y entonces qué, eh? -no se quiso amedrentar- ¿Qué vas a hacer?

-No lo quieras saber, hazme caso -mi mente estaba más despierta que la suya, eso sin duda-. Sólo te diré que te arrepentirás si nos pillan a los dos aquí dentro.

-Hijo de puta... -el gallito estaba ahora atrapado en el cubículo de aquella ducha.

-Venga, dame esos calzoncillos y deja que te vuelva a ver la polla -le ordené con muy pocos reparos, y escaso pudor o vergüenza.

-Nando, por favor, acaba con esto -intentó buscar una salida cordial, casi suplicante, pero yo era muy consciente de que tenía el control absoluto de la situación; era ahora o nunca.

-Ahora -dije con calma-. Dámelos ahora.

-¿Qué piensas hacer con ellos? -preguntó, algo abatido-. ¿Qué es lo que tienes planeado?

-¡Dámelos! -grité con inusitada autoridad, siendo yo mismo quien le arrancó la prenda de las manos.

 

Fermín se echó hacia atrás por el impulso, y quedó apoyado en una esquina de la ducha, junto al grifo que seguía abierto. Sus manos eran lo único que aún cubría su sexo. Con toda la mala ostia del mundo, lancé los calzoncillos a sus pies. Por una décima de segundo, miré lo que estaba sucediendo desde fuera de la zona de las duchas, y tuve un ligero desliz de pánico. ¿Qué estaba haciendo? Aquello no podía estar bien, y sin embargo tenía a ese tío acorralado contra la pared. Tan acojonado que iba a hacer lo que le ordenara. Quizá no estaba bien, pero Fermín tenía la fuerza necesaria para defenderse de mí y machacarme a puñetazos. Si no lo hacía, era porque de alguna forma mi poder sobre él era superior a la fuerza física. Estaba allí para mí, para cumplir las fantasías sexuales que llevaba meses teniendo. Le utilizaría a mi antojo y después no tendría que volver a verle más. Embriagado por ese pensamiento, mi mente volvió a volar hasta la zona de las duchas, y sonreí de nuevo.

-Las manos fuera, profe. Quiero verte la polla de una puta vez.

 

 

Continuará...

  

 

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